NORMALIDAD Y REALIDAD

Teníamos una vida más o menos buena, nos movíamos en un mar de normalidad que arropaba y resultaba agradable, todo parecía tranquilo y, de repente, sin saber cómo, se nos vino encima un tsunami inesperado en forma de pandemia. Y ya nada fue igual. La vida dio un vuelco inaudito.

Ahora, por mucho que queramos, por mucho que insistamos, nada volverá a ser como antes. Y no es únicamente por las barbaridades que suceden a nuestro alrededor, no es únicamente por los impuestos que nos ahogan, por el paro que no deja de crecer, por la pobreza que se va comiendo cada vez a más personas o por la panda de psicópatas inútiles que nos desgobierna. Eso, por supuesto, influye, pero no es únicamente por eso: Es por nosotros.

Como dice el gran poeta Pablo Neruda en una de sus sublimes poesías: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Y, por suerte o por desgracia, nunca lo seremos de nuevo.

Nos han untado el alma con una pasta de tristeza y va a ser muy complicado arrancarla, aunque no imposible. Nos han querido envenenar la sangre, aunque resulta muy difícil abarcarla toda. Han intentado hundirnos a base de bofetadas, pero son necesarias muchas para terminar con determinados seres. Una de las mejores cualidades del ser humano es que siempre surge de sus cenizas, como el Ave Fénix. Y eso es lo que haremos de ahora en adelante, con esfuerzo, con tesón, con valentía, con coraje, y, sobre todo, con esperanza, o al menos eso pretendemos algunos.

©Blanca del Cerro

LOS GENIOS Y LAS GENIAS

 

Sintiendo mucho contradecir a los genios lingüísticos —que no genias lingüísticas— que han surgido de nadie sabe dónde pretendiendo dar lecciones de gramática a los pobres ignorantes que les rodeamos, dice la RAE que el empleo de sustituciones y circunloquios inadecuados (diputados y diputadas, electos y electas, maestros y maestras, etc.) resulta empobrecedor, artificioso y ridículo. ¡Vaya por Dios! Empezamos torcidos. Y también dice que las personas no tienen género sino sexo, y que el género es privativo de los nombres y los adjetivos, no de las personas. ¡Qué cosas pasan, mire usted! Acaban de dar al traste con eso de la violencia de género, que en realidad se llama correctamente violencia doméstica porque las personas no tenemos género sino sexo. Y resulta que los entendidos de la lengua, normalmente de los grupos de izquierdas que son los que más saben y más cultura acumulan, tienen una increíble tendencia a feminizar los elementos en su afán por que no solo existan los masculinos sino también los femeninos de cualquier palabra. Para ello inventan bodrios del estilo de miembras, una gran aportación lingüística de una ministra que pasará a los anales de la historia por su bagaje cultural y su sabiduría. Los que amamos el lenguaje y la literatura se lo agradeceremos eternamente. Y mejor no hablar de las portavozas…

Pero hete aquí que tenemos una lengua que da mucho de sí y encontramos palabras en masculino que acaban en “a” y otras en femenino que acaban en “o”. Para los fenómenos que pretenden transformar nuestro idioma no existiría ningún problema con las primeras, por lo que palabras como aroma, clima, emblema, esquema, fantasma, idioma, mapa, enigma, pijama o poema, por citar algunos ejemplos, gozarían de su favor por su terminación en “a” por muy masculinos que sean. También pueden descansar tranquilos los violinistas, analistas, pianistas, violoncelistas, humanistas, flautistas o taxistas porque nadie va a atacarles. Gracias a Dios que al Papa nadie le intentará cambiar el nombre. Pero ¡oh terror!, asimismo encontramos femeninos terminados en “o” como modelo, foto, mano, radio, libido o polio. ¿Qué pueden hacer nuestros salvadores idiomáticos ante tanta desfachatez? Probablemente rasgarse las vestiduras e intentar realizar grandes aportaciones cambiando cualquier término, en la medida de lo posible, momento en el que se producirán situaciones un tanto caóticas, a la vez que hilarantes.

En su afán por la feminización de las palabras, ¿qué ocurrirá cuando nuestros genios de la lengua vayan a comprar un cuadro y les entreguen una cuadra? ¿Cuando en lugar de tropezar con un caco se encuentren con una caca? ¿Cuando pretendan hablar con un cartero y lo hagan con una cartera? ¿Cuando busquen una talla y les den un tallo? ¿Cuando quieran pasar un rato y lo hagan con una rata? ¿Cuando se queden mirando al infinito al no saber si elegir entre caso o casa, puerto o puerta, bolso o bolsa, libro o libra, castaño o castaña, cubo o cuba? ¿Y qué sucederá cuando vayan a comprar un pollo y sus ansias por el cambio les pidan solicitarlo en femenino?

Y como colofón final, aunque esto en realidad no tiene fin, les recuerdo a los grandes genios de la lengua que pretenden velar por nuestros intereses culturales que, en español, el aparato genital femenino tiene nombre masculino, y el aparato genital masculino, tiene nombre femenino. ¡A ver cómo lo arreglan!

Un poco de seriedad, señoras y señores políticos. Hay determinadas cuestiones que no se tocan porque para ello hay que saber, y saber mucho por cierto, y ustedes, en general, no están donde están precisamente por sus genialidades mentales ni sus aportaciones culturales. No olviden que la cultura, al igual que la ignorancia, no tiene género o sexo, como ustedes prefieran, pese a terminar en “a” y ser femeninos.

ESCRITORES Y ESCRITOS

 

Dice la RAE, que al fin y al cabo es quien más sabe sobre palabras, que un escritor es:

1. Una persona que escribe.

2. El autor de obras escritas o impresas.

3. Una persona que escribe al dictado.

4. Una persona que tiene el cargo de redactar la correspondencia de alguien.

Y no dice más. Al concretar: “Una persona que escribe”, el DRAE no nos describe las características inherentes al escritor, como no lo hace con otros oficios, porque se limita a definir la palabra sin más. En definitiva, para ser escritor solo hay que coger una hoja de papel (en nuestros tiempos un ordenador), un bolígrafo (un teclado) y plasmar lo que se te pase por la imaginación. Todo correcto. En realidad, no hace falta más. Por esa regla de tres, un pintor es la persona que pinta, un escultor, la persona que esculpe, y un fotógrafo, la persona que fotografía, por poner algunos ejemplos, aunque no por ello sea realmente pintor, escultor o fotógrafo en el pleno sentido de la palabra. El DRAE se limita a definir, ya que esa es su labor, lo que no explicita son algunas cuestiones muy evidentes, al menos bajo un punto de vista sereno y ecuánime.

Hoy en día cualquier persona puede escribir, y de hecho escribe. Y ahí es donde empieza el desastre porque lo que mayoritariamente cuenta no es la calidad sino la cantidad.

De los miles de libros que se publican anualmente en España, y de los ni se sabe la cifra que aparecen en Internet, ¿cuántos valen realmente la pena? ¿Cuántos están bien escritos? ¿Cuántos presentan una historia que pueda considerarse magnífica o, como mínimo, aceptable? Realmente muy pocos. No me atrevo a dar cifras porque me equivocaría, pero seguro que el porcentaje es ínfimo.

Así como quien no quiere la cosa, en el párrafo anterior acabo de definir los elementos que necesariamente debe conllevar una obra que se precie. No son muchos pero sí importantes:

1. Que esté bien escrita.

2. Que diga algo interesante.

3. Que esté bien estructurada y desarrollada.

Parece fácil pero no lo es, en absoluto. A veces encontramos una obra bien escrita pero con un tema soporífero, y con otras sucede a la inversa. Lo ideal es que ambos elementos vayan unidos.

Pero vayamos punto por punto: En segundo lugar, un tema interesante implica una historia que merezca la pena, que diga algo y con la que el lector disfrute. Así de simple. Y en primer lugar: ¿Quién define lo que significa estar bien escrita? Nadie porque es un elemento en parte subjetivo, aunque en parte no, pero es algo que simplemente se sabe. Pongamos como ejemplo un cuadro mundialmente conocido: Las Meninas, de Velázquez. A alguien le puede gustar o no (subjetivo, interviene el gusto particular), pero nadie puede negar que está bien pintado (objetivo, interviene la técnica y otros elementos que ahora no me voy a detener a explicar porque no vienen al caso). Con la escritura pasa lo mismo.

Una persona siente el deseo de escribir, escribe lo que se le ocurre y lo plasma y, salvo excepciones, suele ser un desastre porque para hacerlo bien hay que ser escritor, de los de verdad, de los del alma, de los que nacen con las letras en las venas. Y eso es realmente difícil.

Pondré un ejemplo personal: Desde hace unos años soy jurado de un certamen de cuentos que se celebra en un pueblo de Madrid, lo que significa que todos los veranos leo entre 250 y 300 cuentos de media, y de dichos cuentos normalmente valen la pena entre un 10 y un 20%. Y todos los años es igual, ningún año falla. Por algo será.

¿Se dan cuenta algunos escritores —o pseudoescritores— de lo mal que lo hacen? ¿Se dan cuenta de que Dios no les ha llamado por el camino de las letras? ¿Se dan cuenta que mejor deberían dedicarse a otra cosa? Creo que no. De lo contrario, no habría tantos.

En efecto, yo no soy quién para decir a alguien que escriba o deje de hacerlo, allá cada cual con su conciencia, pero lo que si pediría es que todos aquellos que se creen llamados por el camino de las letras dejasen de mirarse el ombligo, de creerse Cervantes en persona, y atendiesen a la realidad pura y dura que les dice a gritos que se dediquen a otros menesteres más acordes con su naturaleza. El mundo de la literatura saldría ganando.

Comentarios

05.04.2022 06:41

Blanca del Cerro

Gracias, Gregorio, por tu comentario.

02.04.2022 11:35

Gregorio

Lo has bordado Blanca. Estoy totalmente de acuerdo con lo que dices. Conozco una persona que publica una docena de libros al año.

24.03.2022 12:23

gGregorio

Me encantan tus relatos Blanca. Algunos los leo varias veces para empaparme de ellos. Sigue así y mi enhorabuena

24.03.2022 19:26

Blanca

Gracias, Gregorio, y espero que sigas leyéndolos y te sigan gustando.

12.11.2020 15:33

Blanca

Muchas gracias.

12.11.2020 12:04

Paco Bianchi

Estoy completamente de acuerdo con tu exposición sobre nuestra lengua y agradezco tu critica con mucho estilo,se nota que eres escritora